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| Breve historia del Comité
de Solidaridad |
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| Más de 25 años de internacionalismo |
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Años de incansable trabajo, de decepciones manifiestas, de dudas. Pero
también años de alegría contenida y despierta, de emociones abiertas, de sueños
cumplidos.
Las páginas que os mostramos a continuación son un conjunto de todas las
pasiones que se viven en y desde la solidaridad.
Y son las emociones contenidas en las palabras y en los textos que reproducimos
en esta publicación. Han sido dos años de recopilación de material y
esfuerzos por recuperar la parte de la historia de un Comité de Solidaridad que
creció con apoyo de personas y organizaciones cercanas que estuvieron caminando,
soñando, sintiendo con este Comité. Y también creció con el respaldo
y la fuerza del resto de comités de solidaridad del Estado español y de las organizaciones
internacionales que, como los comités, crearon sus lazos de compromiso
y acción en torno a las luchas de liberación en América Latina.
Nos queda mucho por hacer y mucho por recordar. Y nos queda la alegría
de lo que hemos conseguido hasta ahora, permanecer en la protesta incansable,
caminando junto a la rebelión y creando crítica y tejiendo solidaridad
desde abajo, desde la izquierda.
Y en esto no estamos solos. Sabemos que somos un vendaval de nuevas
ideas aunque a veces nos cueste percibir esos vientos de aire fresco. Pero
somos y estamos y estaremos hasta que desaparezca la agresión como forma
de resolver los conflictos que asolan al mundo, la amenaza constante para ser
de una manera, pensar de una manera, sentir de una manera. Somos y queremos
seguir siendo una alternativa, pequeña y modesta, es cierto, a esta deshumanizante
forma de entender y construir el mundo, que es el desgastador
y trágico neoliberalismo.
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| Antecedentes |
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El Comité de Solidaridad con los Pueblos ha retomado el trabajo
de recopilar documentación en un intento acertado de analizar e investigar
cómo en el verano de 1979 se constituyó en Cantabria una organización que
vino a denominarse inicialmente Comité de Solidaridad con El Salvador. Casi
inmediatamente, cambió el nombre y pasó a ser conocido como Comité de
Solidaridad con Centroamérica. En sus inicios, esta organización quedó
estructurada en base al acuerdo unitario y a la presencia de todo tipo de organizaciones
sociales, políticas y religiosas implantadas durante el periodo de
transición política durante el final del franquismo. Posteriormente, pasó a
constituirse como una organización autónoma compuesta por militantes y
personas individuales cuya sensibilidad común era el desarrollo de tareas
vinculadas a la solidaridad internacionalista.
Esa sensibilización inicial estuvo motivada por los efectos de la represión y
posterior guerra civil que arrasó El Salvador durante los años 80 y la guerra
intervencionista que sufrió el pueblo nicaragüense. La situación en la que creció
este Comité vino marcada por los acontecimientos que movieron conciencias
en América Latina y entre amplios sectores de la juventud en los países
occidentales. Nació y se desarrolló en un contexto de confrontación revolucionaria
claramente vinculada a la lucha de los pueblos por decidir su futuro.
Revoluciones que marcaron una época.
Cuando se observan las actividades del Comité en estos 25 años,
se puede comprobar el carácter bidireccional de sus acciones, es decir, la
focalización hacia la propia sociedad cántabra, sensibilizando sobre situaciones
de injusticia y la solidaridad activa por un lado, y hacia el acompañamiento
de luchas en diferentes pueblos, comunidades y países que han sido sujetos
de la misma, por otro: desde la organización de movilizaciones y acciones
reivindicativas hacia los países centroamericanos hasta la puesta en marcha,
en sus inicios, de la solidaridad con el pueblo saharaui, pasando por la permanencia
del Comité en la denuncia de la situación de ocupación del pueblo
palestino por parte de Israel; desde la información sobre la situación del pueblo
kurdo hasta la solidaridad activa con los pueblos indígenas y el movimiento
zapatista en el Estado de Chiapas.
Conferencias, charlas y debates, manifestaciones, concentraciones, envíos
de telegramas de protesta, exposiciones, comidas populares, recaudación de
fondos para organizaciones y comunidades, organización de delegaciones y
brigadas de trabajo, participación en comisiones de observación de derechos
humanos, apoyo a las movilizaciones convocadas por organizaciones sindicales,
ecologistas, feministas, de lucha por la paz, fiestas públicas, pintadas,
colocación de cartelería reivindicativa o informativa, creación de boletines y
revistas divulgativas, propuestas a las instituciones cántabras, distribución
de productos de comercio justo, participación en plataformas de movilización
política y social y un largo etcétera de acciones componen el caleidoscopio de
una actividad intensa y prolongada que ha motivado el crecimiento y la
implantación activa del Comité de Solidaridad en el seno de la sociedad civil
organizada de Cantabria.
Veinticinco años después se puede apreciar un empeoramiento en la política
internacional y un endurecimiento de las relaciones económicas. Como
señala Carlos Taibo: “son las gigantescas empresas transnacionales las que
dictan la mayoría de las reglas del juego, arrinconando a los poderes políticos
tradicionales y dejando de lado, con ellos, los mecanismos de representación
democrática” |1|. Las situaciones de injusticia y de opresión han
aumentado y han puesto contra la pared a millones de personas en el mundo.
El sentimiento de rechazo a las injustificables guerras de carácter económico
emprendidas por nuestros gobiernos se ha revelado de forma generalizada
en el conjunto de nuestras sociedades. Existen nuevos problemas a escala
planetaria y aumenta la sensación de que es necesario aplicar nuevas formas
de relación entre los pueblos y de enfrentarse a problemas de fuerte profundidad
y calado político y social.
Las preocupaciones se mantienen y la reflexión es necesaria para desarrollar
una solidaridad comprometida con las luchas de los pueblos en las nuevas
realidades que se plantean en esta lógica de la globalización. Así, inquietudes
como la abolición de la deuda externa, el papel de las multinacionales,
el estancamiento del conflicto en Oriente Medio, el Sáhara Occidental, la
depredación de todo un continente como el africano, los problemas de las
migraciones y la situación de la población indígena americana, nuevos derechos
humanos emergentes, el militarismo galopante y globalizado junto con
la economía dominante constituyen un motivo de reflexión y de acción política
y social para el Comité de Solidaridad en el futuro.
[1] Carlos Taibo en Conversaciones sobre política, mercado y convivencia. José Luis Sampedro y Carlos
Taibo. Madrid. 2007.
Algunos de sus protagonistas han desempolvado parte de su documentación,
han refrescado su memoria y nos han contado algunos detalles que nos
conducen por la Transición, por las acciones reivindicativas que despertaron
los sueños dormidos de una libertad robada durante más de cuarenta años de
dictadura, por las ideas y las ideologías, por la necesidad de verse e identificarse,
por ese deseo impulsivo de negarse a ser invisibles. |
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| La fundación y la militancia en el Comité de Solidaridad |
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Los fundadores del Comité vivieron un proceso de concienciación y de trabajo
militante muy similar. Eran personas con ganas de hacer cosas; su intención y su
recorrido militante partía de meros intereses particulares de ocio para convertirse
en activistas preocupados por las situaciones de desigualdad e injusticia.
Todas estas personas descubrieron la solidaridad de la mano de las acciones que
ponían en marcha asociaciones de vecinos y culturales; organizaciones sociales
que eran, entonces, una vía de canalización de todas las inquietudes de los chicos
y chicas de los barrios obreros de Santander.
La referencia en muchas ocasiones era religiosa. La presencia de la
Iglesia y las parroquias en los barrios era una de las pocas alternativas
que tenía la juventud más inquieta. Eran espacios donde se podían reconducir
todas las exigencias de un grupo de jóvenes que comenzaba a sentir
que las cosas debían de cambiar en el mundo; eran ámbitos de actuación
posibles para la mayoría pero, sobre todo, eran lugares de encuentro
donde se vivían momentos de compartir valores, miedos, preocupaciones
personales y, también, ansiedades políticas, necesidad de saber.
Había dos líneas muy marcadas de trayectoria política entre estas personas y
ambas experiencias iban a determinar sus recorridos militantes. Por un lado, la
vinculación y crecimiento intelectual y político dentro de la universidad y, por
otro, ese mismo avance en la reflexión política a través de la experiencia dentro
del mundo laboral para quienes se habían convertido en jóvenes trabajadores.
Para la mayor parte de estos militantes el activismo dentro de la universidad se
traducía en las acciones culturales que esta institución ofrecía dando espacios
para poder expresar la disconformidad desde lo cultural.
En suma, el activismo político se vivía especialmente en las fábricas y centros de
trabajo, en los que también intervenían, sobre todo en verano, estudiantes
universitarios que se acercaban a la vida laboral, sustituyendo a los trabajadores
en las épocas de vacaciones (veranos de trabajo, inviernos de estudio |16|). Esa
ideologización también se adquiría dentro de los propios partidos y sindicatos a
los que se iban incorporando paulatinamente.
La conciencia les fue naciendo de la propia experiencia, de vivir intensamente
la vida cotidiana en sus trabajos, en sus institutos, en las universidades. De esa
conciencia de izquierda, en general, fue naciendo la ansiedad de conocer y reconocerse
en los textos y en los comunicados, de la rabia de comprobar las injusticias
alrededor de sus propias existencias y de ser capaces de mirar interrogándose,
asumiendo un discurso que llegaba, que les era cercano por lo real y lo vivido
porque miraban y veían, porque miraban y se reconocían en el otro, en el marginal,
en el desposeído, en el revolucionario.
Sus orígenes familiares no marcaron un camino hacia una forma de vivir la realidad
desde la preocupación y las ganas de transformar las situaciones de injusticia
y represión que aún se vivían en el Estado español. Sus inquietudes viajaron
de la mano de otras referencias. La familia quedaba en un segundo plano. El
miedo a hablar de política o ver a hijos, sobre todo hijas, implicados en política
pesaba mucho.
La formación intelectual que fueron adquiriendo en sus respectivos centros de
trabajo y estudios marcaron de forma clara el arranque de las acciones de lo que
se convertiría en el “Comité”. La iniciativa personal de todos ellos les iba a llevar
a ampliar sus ámbitos de actuación y conocimiento. Esto se reflejó en la necesidad
de “militar” en espacios más políticos, con un claro posicionamiento ideológico.
En éstas y de estas organizaciones (partidos políticos y sindicatos principalmente)
se nutrieron, convirtiéndose en personas con cierta relevancia en el movimiento
social de la región.
Con un perfil parecido y con referencias claramente vinculadas a actores
claves en la lucha cotidiana por la liberación de los pueblos (Gaspar
García Laviana, Ernesto Cardenal o Salvador Allende), estos militantes e
iniciadores del proyecto del Comité de Solidaridad se lanzaron a trabajar
la solidaridad internacionalista sin saber, en un principio, que esa apuesta
les iba a cambiar la forma de ver y entender el mundo.
Algunos de
estos referentes han viajado por la memoria de estos protagonistas que
tomaron sus vidas como modelo clave para comprender el mundo.
“A nosotros, los marxistas, nada nos es ajeno, todo lo que ocurre nos interesa”
|17|. Frases como ésta han quedado grabadas y han sido rescatadas para
poder reproducirlas en esta publicación, testimoniando de ese modo las ideas tan básicas y tan claras con las que se ponía en marcha el Comité de
Solidaridad.
[16] Marcos Gutiérrez.
[17] Tino Brugos recordando una frase de Clemente Villar.
Uno de los escenarios que movió el interés de las personas fundadoras del
Comité y al que no eran ajenas, fue precisamente la situación de la incipiente
Revolución sandinista en Nicaragua en los momentos de su formación. Así, la
situación de este pequeño país latinoamericano se introdujo en la vida cotidiana
de un recién creado Comité de Solidaridad a través de las miradas atónitas de sus
militantes ante ese nuevo escenario político. “Porque se creía que teníamos que
asumir un compromiso político, el contexto nos iba diciendo que había que estar
ahí”, apunta Luis Blanco |18|, otro de los fundadores del Comité.
Los 80 y 81 fueron años de consolidación del incipiente movimiento de solidaridad
con Centroamérica que comenzaba a estar presente en todo el Estado
español y se extendía por Europa. En el caso español, este movimiento quedó
relativamente hegemonizado por las organizaciones políticas y sindicales de
lo que podría denominarse “oficialidad”; pero su carácter unitario hizo que,
en su seno, se mantuvieran organizadas todo tipo de corrientes: cristianas de
base, libertarias, marxistas revolucionarias, etc.
La fuerza de esas relaciones convirtió el trabajo y la lucha en un suave
y apetecible recorrido, a pesar de las dificultades propias de los conflictos
y de la desesperanza que suponía leer en el periódico, cada día, las
noticias de una Nicaragua Libre amenazada militarmente por la política
exterior de Estados Unidos o los últimos enfrentamientos y la represión
gubernamental en El Salvador o Guatemala.
La fuerza de las asociaciones, el trabajo conjunto y, sobre todo, la política
internacional desarrollada por los Frentes Centroamericanos -Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Frente Farabundo Martí de
Liberación Nacional (FMLN), Unidad Revolucionaria Nacional
Guatemalteca (URNG)- en el exterior hizo viable que durante más de una
década las organizaciones del movimiento internacionalista gozaran de
buena salud.
La estabilidad organizativa se fue forjando gracias al apoyo de los grupos
políticos y sindicales más fuertes, que dieron cobertura a los nuevos
colectivos que trabajaban otras problemáticas; tal fue el caso del Comité
de Solidaridad con Centroamérica en Cantabria (CSCC).
[18] Luis Blanco fue uno de los fundadores del Comité de Solidaridad con El Salvador y miembro activo
de la organización durante la década de los 80.
Como algunos de los fundadores del Comité señalan, “la realidad nos obligaba
a actuar”. El trabajo de los militantes se centró, en sus inicios, en la
puesta en práctica de las directrices que transmitían los sandinistas, como las
campañas de reconstrucción del país y alfabetización.
La historia de este Comité no podría entenderse sin la presencia y
la colaboración de los compañeros del Comité de Solidaridad con América
Latina de Asturies (COSAL).
La decisión personal de algunos fundadores del Comité de Cantabria de
trasladarse a vivir a Asturias generó un cambio en la organización. Estas
personas se llevaban consigo un trabajo y una experiencia militante que
iba a ser clave en el posterior desarrollo de este Comité. Ejercieron de
cordón umbilical entre las coordinadoras estatales que se estaban estructurando
y Cantabria.
La información que se trabajaba en las coordinaciones de los comités, a
nivel estatal, era muy importante para el trabajo que se desarrollaba posteriormente
en cada zona. Cantabria bebió de esa información hasta que el
grupo se consolidó, siendo el COSAL el punto de referencia. Lo mismo que
este último se nutría de la documentación que el Comité de Solidaridad de
Cataluña (Comité Catalá de Solidaritat amb Centramérica) proporcionaba.
El hecho de que las personas más activas dentro del Comité provinieran de los
barrios de Santander, principalmente de los obreros, caracterizaba las propias
dinámicas de acción y de organización. Eran espacios activos donde había organizaciones
en torno a los jóvenes y eso reflejaba cierto movimiento y actividad.
“Los barrios estaban vivos”, afirma otro de los actores protagonistas de esos años
de fuerte activismo político. Clubes parroquiales, asociaciones de vecinos y organizaciones
juveniles eran espacios de reunión donde también se hablaba de otras
inquietudes, de necesidades de cambio, de política. Muchos de los militantes,
como ya se ha apuntado, seguían vinculados a estos grupos de barrio y eso hizo
más fácil la tarea de integrar la realidad del pueblo nicaragüense y la lucha del salvadoreño
a su actividad. Se tenía que saber lo que pasaba en Nicaragua y en el
resto de países de Centroamérica dentro de esos ambientes en los que se podía
discutir, donde había cierta receptividad a las nuevas ideas y a los nuevos compromisos;
en espacios donde la solidaridad venía desde abajo, desde el apoyo mutuo.
Se inició un camino sin retorno hacia la solidaridad.
Las reuniones eran espacios de encuentro para “hacer algo”. Cualquier información
era devorada casi sin reflexión. Eran años convulsos que exigían acciones
directas y respuestas rápidas. Las ilusiones depositadas en los cambios que se
estaban produciendo eran más importantes que sentarse a discutir. Había que
hacer, construir los escenarios de un nuevo mundo y había que hacerlo pronto.
Dos de las características que han marcado el trabajo del
Comité han sido la claridad y la honestidad como premisas de partida.
“Yo personalmente no me hubiera sentido cómodo con una organización
estalinista que no es capaz de entender el pluralismo político y el debate”,
señala uno de los fundadores del Comité en Cantabria.
Y estas señas
de identidad son las que van a servir para reforzar el trabajo en los
momentos duros de la solidaridad.
Los momentos de cierta desilusión por los pocos éxitos alcanzados (el grupo
seguía sin crecer) eran suplidos por el ánimo con el que se participaba en las coordinadoras
estatales y en las locales, entre grupos de diferente tendencia con los
que se trabajaba en temas puntuales, generalmente de solidaridad y apoyo a
Nicaragua y al llamado proceso salvadoreño.
A partir de finales de los ochenta, muchos de los militantes de las organizaciones
que estaban respaldando el trabajo del Comité comenzaron a preguntarse
por otras realidades del Cono Sur latinoamericano y su interés se
amplió a la solidaridad con las resistencias a las dictaduras militares que
recorrían el continente; se abrieron otras perspectivas políticas en las organizaciones
sociales y de solidaridad.
[19] Sergio Tamayo es fundador y miembro activo del Comité desde sus inicios hasta la actualidad. Desde 1991
ocupa el cargo de secretario de Interpueblos
[20] La organización cambia de nombre y en 1991 pasa a denominarse Comité de Solidaridad con los Pueblos.
Presentación del Concierto en solidaridad con
Nicaragua. Plaza de Toros de Santander 1989
Los años noventa fueron duros para quienes se implicaron en la
lucha por la defensa de una revolución deseada, como fue la sandinista.
Algunos de los fundadores del Comité lo recuerdan con cierta tristeza, “no se
valoraban otras experiencias, sólo apostábamos por la guerrilla como el
único camino a la toma del poder (...). Cuando el FSLN perdió las elecciones,
nos planteamos cerrar el Comité” |19|. Para muchos supuso una gran decepción
y una vuelta atrás de muchas esperanzas puestas en este proceso revolucionario.
Algunos decidieron enfocar su solidaridad en otras luchas, más claras
y con menos expectativas, donde las acciones de apoyo eran igualmente
necesarias. Otros, los menos, decidieron dejar la militancia de forma temporal
y aclarar ideas. Pero la mayoría retomó el trabajo de solidaridad analizando
las nuevas luchas que estaban por comenzar.
El inicio de la campaña contra la celebración de los actos conmemorativos del
V.º Centenario (1492-1992) fue precisamente el impulso necesario para volver a
“coger fuerzas”. Los militantes del Comité de Solidaridad formularon una nueva
concepción del trabajo solidario en Cantabria. Aún manteniendo las tareas con
Centroamérica, se plantearon nuevas iniciativas con otras luchas y con otros pueblos
de otros continentes |20|. Producto de la reflexión sobre la experiencia realizada
con los “Frentes” en Centroamérica, se afianzó el concepto de autonomía
política del propio Comité y el carácter bidireccional de la solidaridad.
El trabajo de solidaridad se volcó hacia las organizaciones o movimientos populares
y muchos miembros del Comité comenzaron a valorar otros grupos para
centrar su solidaridad. Las expectativas personales y la vida cotidiana, familiar o
laboral, condujo a algunos de los iniciadores de la solidaridad internacionalista en
Cantabria a convertirse en meros espectadores. “Y luego vas dejando de hacer
cosas… Te envuelve la vida, tus compromisos familiares”, explica otro de los fundadores
de este Comité. Sin embargo, desarrollaron un trabajo intenso durante
los años 80. Y esa solidaridad, ese apoyo mutuo, esos valores de los que se nutrieron
en la organización se trasladan a sus vidas cotidianas, haciendo de estas personas
los referentes que son hoy en día.
“Nuestra generación no había podido asistir a la caída del franquismo pero
podíamos colaborar con quienes estaban haciendo una revolución”.
Tino Brugos |
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